Este fin de semana he tenido la oportunidad de pasar un par de días en Andorra: para quienes no lo conocen, es un pequeño estado similar a Mónaco o Liechtenstein, situado en los Pirineos, a unos 200 kilómetros de Barcelona y en la frontera entre España y Francia.
Entre las miles de curiosidades y peculiaridades que rodean a este minúsculo país, que vive del turismo comercial y de la práctica de los deportes de invierno, hay una en especial que me ha llamado la atención, pero de forma muy negativa.
Y es que las leyes de Andorra regulan la llegada de inmigrantes a su territorio mediante el sistema de los cupos. Para determinar, entre las miles de solicitudes de permisos de residencia, quién sí y quién no obtiene la residencia el Estado realiza una serie de exámenes, entre ellos uno de carácter médico. De tal forma que a las personas que, por ejemplo, padezcan enfermedades como el Sida o la Hepatitis, entre otras muchas, se les deniega automáticamente cualquier posibilidad de ser un ciudadano andorrano. Así lo comentaba, este fin de semana, una de las guías turísticas de este país, mientras nos acompañaba en una excursión.
Esta situación me ha hecho recordar que, no hace demasiado tiempo, un joven de origen español fue rechazado por las autoridades andorranas ante su condición de homosexual, ya que en una de las pruebas para conseguir el permiso de residencia, respondiendo a una pregunta sobre sus tendencias sexuales, éste había afirmado que le atraían los hombres.
En fin… Creo que el asunto se comenta por si solito, ¿no? A mí, al menos, me parece algo indignante.
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