No sé si es cosa de la edad, pero el viernes por la tarde aluciné asistiendo a una demostración en tiempo real de cómo se puede ligar con poco más de seis mensajes de móvil, sin saber quién es la otra persona: un par de llamadas perdidas; un “perdona, pero no sé quién eres”; un “hola soy Marta, nos conocimos en…”; un “hace tiempo que no sé nada de ti”, y, unos cuantos mensajes mas tarde… un “¿te vienes el domingo a comer a mi casa, que estoy solo” y un “llámame luego que me voy a trabajar y hablamos”, un mensaje, este último, acompañado con la foto de la mencionada Marta. Eso sí, la cosa tenía toda la pinta de acabar hoy en invitación a comer y, quién sabe, si en algo más.
En fin, que con el tema de ligar de fondo y el uso que se puede hacer hoy de elementos tecnológicos como el teléfono móvil o Internet para las relaciones sociales, el afectado –el ligón, por no llamarle otra cosa, je, je, je…- y yo acabamos hablando de cómo han cambiado las relaciones personales en sólo quince años. Él, con 21 años, y yo, camino de los 33, las diferencias son grandes.
Quien más y quién menos seguimos teniendo cierto temor al cara a cara con las personas que no conocemos y, más aún, si nos acercamos a ellas atraídos por un deseo afectivo/sexual –cada uno que le ponga el nombre que quiera-. Nadie me podrá negar que instrumentos como el teléfono móvil o las diferentes posibilidades que nos ofrece Internet facilitan ese primer contacto con alguien que no conozcamos de nada o de casi nada. Es decir: que a diferencia de lo que opina mucha gente, la tecnología más allá de enfriar las relaciones sociales, cada día estoy más convencido que gracias a elementos como estos, mucha gente tiene más facilidades para poder relacionarse.
domingo, 12 de agosto de 2007
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