Ayer tuve la oportunidad de poder disfrutar de una de las mejores reflexiones que he oído nunca y, por ello, me apetece compartirla con todos vosotros. Estoy seguro que, como a mí, os hará pensar.
El escritor Jorge Bucay explica, en uno de sus cuentos, como él, cuando sólo tenía seis años, asistió a una función de circo y al quedar obnubilado con los números de los animales, pidió poder visitarlos tras el espectáculo. Entre ellos, Bucay quedó maravillado ante la majestuosidad del elefante, que permanecía atado con una cadena a una estaca: un palo, no muy gordo y clavado en el suelo, de escasamente un metro de altura. Ante esa imagen, el pequeño preguntó cómo una animal tan grande y con tanta fuerza permanecía allí quieto y no intentaba escapar, pero nadie supo qué responderle.
Años más tarde, charlando con un buen amigo, el escritor volvió a recordar la escena del elefante del circo y, casualmente, su interlocutor también se había hecho la misma pregunta. Pero a diferencia de las veces anteriores, este amigo sí supo darle una respuesta:
“Seguramente, ese elefante había nacido en el circo y desde sus primeros días ya vivía encadenado a esa estaca. Probablemente, durante esos primeros días en los que tubo que permanecer atado, el pequeño elefante intentó una y otra vez liberarse de ese palo y esa cadena, pero como no tenía todavía ni el tamaño ni la fuerza suficiente fracasó en el intento. Es por ello, que en el subconsciente del elefante arraigó la idea que jamás podría liberarse y, por eso, nunca lo volvió a intentar, aunque ya de adulto, con la fuerza más que suficiente, hubiera podido desatarse fácilmente de la cadena y la estaca que le retienen”.
En fin, que si una vez no fuimos capaces de… ¿qué nos impide volver a intentarlo? Si no lo intentamos seguro que no lo conseguimos.
domingo, 24 de junio de 2007
martes, 12 de junio de 2007
¿El poder de las mujeres?
Seguro que a lo largo de nuestras vidas hemos conocido o nos han hablado de una de esas mujeres que, generalmente dotadas de un atractivo físico –o, al menos, eso parece a la vista de algunos hombres-, consiguen de los hombres todo aquello que se proponen, cual "perrito faldero" a los pies de su amo. La verdad es que resulta un tanto triste ver como algunos caballeros, con una actitud un tanto "rastrera", se alegan ante los deseos de alguna dama que, siendo sinceros, no muestra ningún respeto por el sexo contrario y que sólo actúan en función de su propio interés. ¿Hablamos, entonces, de manipulación?
¿Y ellos? Todo por un poco de atención y algo parecido al cariño. Eso sí: una atención y un cariño nada sincero y siempre interesado; ante el que el hombre se muestra como un perro delante de un gran manjar. Eso sí: aunque aquí hablo de cierto tipo de mujeres, esto es algo que sucede también con algunos hombres.
El problema, en estos casos, es que ponemos en riesgo una de las cosas más preciadas que puede tener toda persona: nuestra dignidad; es decir, el respeto a nosotros mismos en tanto que personas. ¿La culpa? Es tanto de quienes practican este modo de vida como de quienes se dejan influir por esta forma de proceder.
Es triste, pero como hay personas que consiguen de esta forma casi todo lo que quieren, ello parece que justifique esa forma de actuar.
¿Qué os parece?
¿Y ellos? Todo por un poco de atención y algo parecido al cariño. Eso sí: una atención y un cariño nada sincero y siempre interesado; ante el que el hombre se muestra como un perro delante de un gran manjar. Eso sí: aunque aquí hablo de cierto tipo de mujeres, esto es algo que sucede también con algunos hombres.
El problema, en estos casos, es que ponemos en riesgo una de las cosas más preciadas que puede tener toda persona: nuestra dignidad; es decir, el respeto a nosotros mismos en tanto que personas. ¿La culpa? Es tanto de quienes practican este modo de vida como de quienes se dejan influir por esta forma de proceder.
Es triste, pero como hay personas que consiguen de esta forma casi todo lo que quieren, ello parece que justifique esa forma de actuar.
¿Qué os parece?
lunes, 4 de junio de 2007
Hay días que…
Quienes me conocen –y para los que no, se lo cuento- saben que suelo ser una persona que se siente segura y que gusta de transmitir esa seguridad a quienes lo necesiten; procuro tener el control –en la medida de lo posible, claro- de las cosas que suceden a mi alrededor, y me gusta envolver de normalidad toda mi vida y todo lo que hago, aunque quienes me rodeen, en ocasiones, me cataloguen como una persona especial. Pero, en ocasiones, mi fachada de seguridad y autoestima se viene abajo y entonces, es cuando mis cimientos más profundos tiemblan, sacando a la luz todos aquellos fantasmas que sobre mí mismo creía enterrados. Todo aquello que creía asumido, no lo está tanto y mi temor ante mis numerosas limitaciones se apodera de mi espíritu. Es entonces cuando recuerdo las miles de cosas que querría hacer y no puedo y que, para mi tristeza, dependo más de la gente de lo que deseo. ¿Frustración? Tal vez sea ésa la palabra que me describa.
Y es que el amor me hace desear llegar más allá de donde llego; que por amor querría tenerlo todo: ser mejor de lo que soy y poder bajarle, si ella quisiese, la luna a sus pies. Y es que querría ser el príncipe azul para mi amada y no el ciervo herido que ha de cuidar.
En fin, que estas son las tristes reflexiones que hoy vienen a mi mente y que, abusando de la confianza que os tengo, espero me sepáis perdonar. Como veis, el ciego también tiene sus días malos y sus fuerzas no siempre responden como quisiera.
¡Gracias!
Y es que el amor me hace desear llegar más allá de donde llego; que por amor querría tenerlo todo: ser mejor de lo que soy y poder bajarle, si ella quisiese, la luna a sus pies. Y es que querría ser el príncipe azul para mi amada y no el ciervo herido que ha de cuidar.
En fin, que estas son las tristes reflexiones que hoy vienen a mi mente y que, abusando de la confianza que os tengo, espero me sepáis perdonar. Como veis, el ciego también tiene sus días malos y sus fuerzas no siempre responden como quisiera.
¡Gracias!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
