lunes, 30 de junio de 2008

Cuando el amor se acaba...

Las últimas veces que había visto a mi hermana en nuestras habituales comidas familiares la había encontrado triste, asqueada, cansada, apagada... Días después me enteraba que su matrimonio hacía unos meses que no iba bien y que, en consecuencia, la pareja había decidido empezar los trámites para la separación.
Aquel marido, casi perfecto para todos... probable futuro eredero del negocio familiar; trabajador como el que más; el yerno con el que compartir muchas de las cosas que su suegro -mi padre- no pudo hacer con su hijo; amable con todos... y, al parecer, con quién menos atenciones tuvo fue con quién más tiempo le hubiera tenido que dedicar: su esposa. Lo cierto es que, sea por lo qué sea, el amor entre ellos ha acabado desapareciendo.
Comunicada la decisión, la mayoría de los miembros de las respectivas familias, parece que se ahn empeñado en señalar a alguno de los dos como responsable del "desastre" de deshacer una familia con dos niños pequeños -de 3 y 5 años-, en vez de aceptar la decisión y ayudar, haciéndo las cosas más fáciles, en esta difícil transición.
Por mi parte y por lo que se refiere a mi hermana, más allá de juzgar si ha hecho bien o no, o si tiene motivos suficientes o no para separarse, o qué es mejor o peor para los niños, lo cierto es que la estoy intentando ayudar en todo lo que está en mi mano. Si de algo estoy seguro, es que han tomado la decisión con la intención de estar mejor: creo que es inútil seguir juntos cuando desaparece el amor entre dos y, aunque pueda parecer mentira, un ambiente de infelicidad en la pareja acaba siendo más perjudicial para los niños que el hecho de tener que sufrir una separación.
Y es que si algo he podido comprobar, es que ayer tube la oportunidad de ver otra vez a mi hermana y, tras estos meses, vuelve a ser una persona que sonríe, más tranquila, algo más feliz... Y es que todo cambio, aunque dotado de cierto dramatismo, si es para mejor, vale la pena intentarlo.

domingo, 15 de junio de 2008

Otra comida más

Hacía ya mucho tiempo que no nos juntábamos fuera del horario laboral, así que ayer sábado, después de muchos meses, nos volvimos a ir de comida los compañeros de trabajo –bueno… algunos-. Esta vez, una docena de antiguos y nuevos compañeros, recién llegados a la empresa, nos fuimos a comer a un pequeño bar. restaurante, en el barrio barcelonés de Sant Andreu y que regenta el marido de una de nuestras compañeras. Una buena comida, un mejor trato y, como casi siempre, acabamos desmadrados. ¡Si es que no se nos puede dar de beber!
Entre los de siempre… Chus, mi madraza favorita; mis tres Maris: Montse, Susi y Maricel; Francesc, ese hombre discreto y reservado que no cae ni demasiado bien ni mal a casi nadie pero que siempre puedes contar con él para estas juergas, y el incombustible Paulí, que va a su rollo y que cualquier excusa es buena para pasarlo bien.
Entre los novatos… Silvia, que aunque falta de un poco de paciencia siempre acaba haciéndonos disfrutar con su buen humor y su mejor corazón; la otra Montse, la anfitriona del encuentro, y una sorprendente Lidia, que afortunadamente se dejó en casa la modosita que lleva dentro y se nos desmadró como la que más –como engañan las apariencias…-.
Y, claro, de mí… si quieren, ya hablarán los demás que yo, me tengo demasiado visto. Eso sí: entre las ausencias… Carlos, nuestro jefe que se había apuntado a las anteriores; Elena, nuestra ex… medio jefa; Héctor, ese niño con casi 40 años; Joan, que nunca vendrá si el menú vale más de 3 euros (tacaño es poco), y, entre otros más, reme, que aunque le apetecía…
Tras la comida, los madrugadores que habíamos trabajado esa misma mañana optamos por retirarnos y volver con la familia. El resto se fueron, supuestamente, a tomar un café no sé dónde; o, al menos, eso decían.
¡Ah, por cierto! En esta ocasión no tubo que ser el ciego –es decir: yo mismo- quien hiciese las fotos del encuentro; así que, esta vez no tengo imágenes que enseñaros. Si alguien me las envía, tal vez decida publicar algunas; aunque con las amenazas que se oyeron y los amagos de ataques violentos que se produjeron, no sé si me atreveré a colgar nada.