jueves, 3 de diciembre de 2009

¿Luchar por la normalidad o mejorar en la diferencia?

Desde mis primeros años de vida, mi familia, los médicos y los diferentes profesionales que me acompañaban en mi camino hacia la ceguera y a una plena integración social, me repetían una y otra vez que yo, a pesar de mi discapacidad, me tenía que considerar una persona “normal”, como el resto. Fruto de esa filosofía de vida, estudié mis primeros años en una escuela pública de mi barrio con el resto de mis amigos; cursé la secundaria en el centro ordinario que me correspondía por zona y, como no podía ser de otra forma, llegué a la universidad para estudiar periodismo.



¿Dificultades? Miles; siempre con el esfuerzo de lograr ser uno más de los estudiantes de mi aula. Hoy, me siento orgulloso de asegurar que jamás necesité ni clases especiales ni refuerzo pedagógico alguno para salvar las limitaciones consecuencias de mi discapacidad. Eso sí: apoyado por un equipo de profesionales se me pudieron preparar y adaptar los materiales y libros que iban utilizando el resto de mis compañeros estudiantes para facilitarme así el normal seguimiento de las clases.



En mi vida laboral... Hasta hoy he trabajado en una decena de empresas diferentes, de las que sólo en dos los empleados con discapacidad eran mayoría y sólo en una se aplicaba un convenio de trabajo pensado específicamente para discapacitados. Además, hoy trabajo y lucho por los derechos de todos los trabajadores, en general, y de los discapacitados, en particular, gracias a los mecanismos y herramientas que me proporciona el sindicato ordinario (no es una organización específica para discapacitados) Comisiones Obreras.



Sin duda, todos estos episodios han marcado mi forma de ver la vida y mi forma de enfrentarme al fenómeno de la discapacidad. Y es que, desde que tengo uso de razón, he querido ser uno más, jugando, trabajando, disfrutando, compartiendo, soñando... con y como el resto de personas sin discapacidad. Siempre he luchado y he defendido el adaptar la realidad ya existente para que los discapacitados también podamos pasar por ella: nunca he querido pasear por una calle para ciegos si no poder cruzar por el mismo semáforo que tú; nunca he querido utilizar un ordenador especial si no poder navegar con la última novedad del mercado en PC’s; siempre nos hemos divertido jugando juntos a las cartas; siempre me he alegrado de poder ver la misma película que tú... Me niego rotundamente ha que existan y se inventen cosas específicas para discapacitados siempre y cuando se puedan adaptar las ya existentes y utilizadas por el resto de la sociedad.



Toda esta reflexión viene motivada por mi reciente labor sindical. Y es que Entre mis ocupaciones, dedico parte de mi tiempo a trabajar para los Centros Especiales de Empleo (CEE: empresas en las que la mayoría de los empleados son personas con discapacidad) y para los que, estos días, se está negociando un convenio específico que regule las condiciones de trabajo de sus empleados. Después de unos primeros días de toma de contacto, donde he ido conociendo la realidad del sector y el papel que se está jugando desde el sindicato en el que estoy, he empezado a cuestionarme el enfoque que se están dando a las relaciones laborales de los empleados de estos centros. Y es que no sé, hasta que punto, es beneficioso para los trabajadores con discapacidad el tener un convenio exclusivo para CEE’s, en vez de que en cada empresa se aplicase el convenio de los respectivos sectores en los que realiza su actividad.



¿La clave? Existe, y de hecho se aplica actualmente en algunos CEE’s, la figura de la adaptación del puesto de trabajo: una clausula presente en muchos de los contratos de los empleados con discapacidad, mediante la que la empresa, siempre que el empleado lo acredite adecuadamente, está obligada a adaptar las condiciones del puesto de trabajo en función de las necesidades específicas de cada trabajador y las limitaciones derivadas de cada discapacidad. Gracias a esta cláusula, los empleados discapacitados que lo requieran, pueden ver modificada, por ejemplo, la duración y distribución de su jornada laboral, las condiciones físicas de su puesto de trabajo, el reparto de la carga de trabajo o, incluso, las condiciones ambientales del lugar donde realiza sus tareas.



¿Y por qué no luchar para incluir esta cláusula en todos los convenios colectivos de los diferentes sectores y no tener uno específico que nos haga diferentes, en esto también? De esta forma, todos los trabajadores seríamos iguales. ¿No luchan las mujeres por la igualdad de condiciones con los hombres sin renunciar a defender sus condiciones particulares? O es que existen convenios colectivos sólo para mujeres trabajadoras.



A medida que han ido pasando mis primeros días de trabajo en la sede del sindicato, he observado que, tal vez, el motivo del actual enfoque que se está dando a las relaciones laborales de los CEE’s es que la negociación la están protagonizando únicamente personas sin discapacidad. Además, me da la sensación que los diferentes asuntos que se están planteando sólo se abordan desde el punto de vista de los profesionales que trabajan con los discapacitados y, en ningún caso, se empatiza con el punto de vista de los empleados con discapacidad.



Eso sí: no seré yo quien cuestione el enorme e importantísimo trabajo que se ha hecho hasta hoy en el mundo de la integración laboral de los discapacitados pero, ¿no sería momento de avanzar Un paso más en la lucha por la consecución de una real integración social/laboral de los mismos, encaminándonos a lograr una mayor igualdad?

2 comentarios:

  1. ay estos grandes debates... totalmente de acuerdo, Edu. Y sí, algo hemos avanzado, pero como bien dices, que las personas con discapacidad sean protagonistas de esta lucha es imprescindible. Eso sí, también hay posibilitar esta participación, no crees?

    Bueno, seguimos luchando ;-)
    Un abrazo,

    Cristina

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  2. qué razón tienes! y es que aquello de "todo para el pueblo, pero sin el pueblo" en este caso también se da: los profesionales que tratan con colectivos de discapacitados, muchas veces no comprenden que es mejor dar una caña y enseñar a pescar, que pescar por ellos, haciendo de este modo que la mayoría de las veces las personas se sientan inútiles, y desplazadas tomar sus propias decisiones.

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